PRIEGO |
El Mirador de la Subbética |
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| "Yo escribo pensando ante todo en lectores íntimos a los cuales interese mi vida, no del todo vulgar y corriente". | Algunas impresiones de D. Niceto sobre su vida y su entorno. | |
| Desde la tierra bonaerense D. Niceto relata su vida recordando con suspiros del alma a su tierra, España, y a su patria chica, Priego de Córdoba. | ||||||
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MI
FAMILIA Mi familia paterna de Córdoba perteneció a la izquierda de los partidos monárquicos: era de abolengo progresista. La materna, de la provincia de Jaén, fue republicana de orden. Mi tío Juan Torres había sido diputado en las Constituyentes de 1873 y no renegó jamás de sus convicciones. Por la linea paterna me habían precedido, desde que se inició el régimen constitucional, tres generaciones de Alcalá-Zamoras representadas sucesivamente, y a veces simultáneamente, por mi tío bisabuelo Pedro; por mi tío abuelo José, hijo de aquél, y por mis tíos carnales Gregorio y Luis. Al penúltimo lo llegué a conocer cuando era cenador vitalicio, nombrado por el gobierno de izquierda de 1883. Diez años antes, tras la abdicación de don Amadeo, había firmado con Echagaray, Martos y otros un manifiesto de adhesión a la República, del cual me entregó un raro y curioso ejemplar un republicano histórico, que fue siempre un buen ciudadano, don Pedro Gómez Cahix. La fortuna política de mi familia paterna se eclipsó y parecía definitivamente acabada, en daño ante todo de mi padre, cuya candidatura de diputado fue vencida con malas artes por una coalición concertada entre sus enemigos de las derechas y la soberbia insuperable de Vega Armijo, jefe liberal de la provincia de Córdoba. |
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| Mi
abuelo, nombrado cadete a principios del siglo XIX,
pidió su licencia para servir a Fernando VII como rey
absoluto. Pero la encarnación más atrayente del
espíritu de lucha y de aventuras, que anima a toda
sangre española, fue sin duda mi tío carnal Luis. De todas esas tradiciones familiares me enteraba, más que mi padre, dos tías solteronas, Rita y Carmen, de caracter muy diferente, exaltada e imaginativa aquella, bondadosa y tranquila esta, en contraste que luego me ha recordado el de las otras dos tías de el Comendador Mendoza, descritas por Valera. Las veía a diario y los relatos de las luchas políticas se interrumpían por la lectura de comedias, de las que tenían muchas: casi todas las originales y traducidas de aquel siglo. Narraciones de romanticismo teatral rodearon mi niñez. El tiempo y la vida se encargarían de seguir, desviar o corregir aquella primera modelación. MI PUEBLO. Priego es como un trozo de territorio del noroeste español dejado caer en el corazón de Andalucía: el valle largo y estrecho de un río, trazado y cortado por montañas, en cada uno de cuyos repliegues o laderas brota un afluente y surge una aldea. Cerca de cuarenta núcleos rurales rodean una ciudad como de quince mil a veinte mil almas. Esta ha sido de tradición fabril y en conjunto sin latifundios, con mucho regadío y propiedad media pequeña y aun pulverizada, formando una economía de equilibrio y compensaciones en la religión. El trabajo, estimulado por la fertilidad con frecuencia escasa del suelo, ha sido el artifice de una prosperidad general y mantenida. Inicióse ésta el siglo XVII, y de esos comienzos quedó como ambiente artístico una propensión hacia lo barroco, en algunos monumentos muy felizmente combinado con la serenidad renacentista. Priego fue una excepción al ambiente anticarlista de Andalucía. Mi familia, y algunas a ella ligadas, o por ella convencidas, formaron el núcleo luchador y combatido del liberalismo. En este pueblo transcurrieron los primeros veinte años de mi vida, sin más interrupción que los contados días de exámenes y alguna corta temporada con la familia materna. Aunque retraído, como luego explicaré, tan prolongada permanencia había de ejercer un infliujo sobre mí; lo ejerció sin duda en la sencillez de mis gustos, en mi sentido de realidad, freno de ensueños, y por el trato habitual con pobres y humildes. Mi carrera política, como se verá, no se labró en Priego, que me dejó hacerla y solo se plegó a mí tarde, cuando ya el éxito y la ventaja eran seguros. En eso fue incluso a remolque de otros pueblos más apasionados y resueltos de su mismo distrito. Seguí, no obstante, yendo por vínculos de afectos, que me llevaron a ir aumentando los de intereses, a medida que ahorré y gané en mi vida. Como es natural, la patria chica se declaró partícipe, y preferente, en mi prosperidad política. He sido el consultor y el gestor de todos, convirtiéndome en abrumadora fatiga las temporadas, que por ironia se llamaban de descanso. He servido allí a cuantos he podido, que en conjunto fueron casi todos. He encontrado la correspondencia de bastantes afectos entrañables y constantes. He cosechado los más frecuentes desengaños que una vida como la mía trae consigo: muchos domingos de ramos y días de pasión y aun de calvario. |
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| El
influjo de mi padre sobre mí; sus ideas, presentimientos
e ilusiones. Es caso excepcional el mío: el de un estudiante de pueblo que hasta mucho tiempo después de terminada la carrera no se separa de su hogar y de su padre por lo mismo hubo de ser muy grande la influencia por éste ejercida. Mi padre había hecho la preparación para la carrera militar en unión de Weyler, cuya amistad me transmitió. Frustrada su vocación por una excesiva miopía, no quiso seguir otra carrera, aunque sin exámenes oficiales llegara a dominar en todas las ramas la de derecho. Con singular maestría del administrativo, donde fue verdadera autoridad; uno de los secretarios del ayuntamiento que por la cultura y la rectitud honraron el cargo. Poseia un fácil y correcto francés. Tenía buenos y no pocos libros: muy contados, clásicos y selectos, los de literatura; muchos más de política, administración, ciencias exactas y sociales, filosofía y economía. |
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| Era,
como lo fue también mi hermano mayor, que se llamaba
asimismo Manuel, un excelente orador; más correcto el
padre, más facundo el hijo. Aquél había hecho con gran
fortuna la peligrosa prueba de hablar al lado de Moret,
quien le tuvo en altísima estima. Fue mi padre tan fervoroso y sincero practicante del catolicismo en religión como de la libertad en política. Tuvo para los problemas de la conducta un criterio de rigor normal, inflexible ante la perversidad, compasivo para la desgracia.
Por una paradoja singular él era investigador incansable del abolengo familiar, conservado como un culto, pero era a la vez un demócrata hasta la médula en lo social. Fue el protector más desinteresado que han conocido todos los cortijeros, sin que le impulsara el ansia de popularidad, para sus gustos en extremo repugnante. Me legó con reiteración aquella tutela, del todo desinteresada, y para mostrarme que en su obsesión no había falseadas visiones de égloga, solía decirme, a fin de que no lo olvidara ni me desalentara al conocerlo, que eran en general aquellos protegidos malos e ingratos, pero que había el deber de compadecerlos, servirlos, favorecerlos y, en cuanto fuese posible educarlos. Su visión sobre las relaciones de España en lo exterior estaba regida por la creencia de que a ésta le convenía mucho la paz; y que si hubiera triunfado Napoleón III sus expansiones habrían dañado más a España que a Alemania. Seguía en eso, como en otras cosas, la influencia que arrancaba de su tan exagerado entusiasmo por Prim. No olvidaba que con todo Thiers mismo había causado el mal de sostener la guerra carllista, cuyo daño le amargaba tanto en su patriotismo español, aunque fuese incomparablemente menor que el estrago producido por esta última guerra civil de nuestros días. Impresión todavía más honda que el ideario de mi padre hubo de producirme su esfuerzo conciliador de pacificación local. Retirado a nuestra casa, él, que había sido bandera de lucha política, fue el consejero leal de amigos y de adversarios, aconsejándoles con singular buena fe y con el máximo desinterés. Rehuía el trato de los inmorales o inicuos; pero olvidó tada rivalidad que pudiera alegar nobleza o al menos excusa por ideología, error o pasión. Tuvo con frecuencia presentimientos proféticos. Para siempre quedó grabado en mi memoria el recuerdo de la noche del 17 de mayo de 1886, cuando yo tenía ocho años. Ibamos a acostarnos cuando nos atronó el oido de música y de pólvora, signos de un regocijo oficial, que invitaba al popular. Preguntó la causa y al saber que era la noticia, retardada por no haber todavía telégrafo en priego, del nacimiento del rey, quedóse pensativo y preocupado. "Ojalá -dijo- fues para bien de España; pero presiento un reinado desastroso." Nueve años más tarde, en 1895, al leer otra noche el primer telegrama que daba cuenta, sin atribuirle importancia, del grito separatista en Baire, dijo sin vacilar que todo el resto del imperio colonial estaba perdido si en el acto no se daba la autonomía a Cuba, como él habría propuesto de haber sido diputado. Algún tiempo después leí esa fórmula, ya tardía en boca de Pi y Margall y de Moret. Hombre de intuiciones, y encariñado como buen padre, sintió desde muy pronto grandes ilusiones a cerca de mi porvenir, que a mí me siguen pareciendo desmesuradas, aun después de haber rebasado con mucho los caprichos de la fortuna cuanto mi padre soñase para mí, que se quedaba cerca, pero a distancia de cuanto he sido. Su fe ingenua no lo ocultó cuando yo atravesé una grave crisis de enfermedad a los siete años y él demandaba anheloso mi curación al médico amigo, don Rafael Entrena, que le escuchaba riendo. Dejándome en el camino de realizar sus ilusiones nos separó para siempre la muerte el 23 de septiembre de 1907, cuando yo tenía treinta años y había sido ya diputado. Fuente: Niceto Alcalá-Zamora MEMORIAS. |
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