"La
ridícula trompeta
del Carnaval ha sonado,
desapacible; indiscreta
y, ¡tan triste!... Fatigado
Pierrot marcha sin careta."
Manuel
Machado.
TODOS
SOMOS ACTORES
EN EL ESCENARIO DE LA VIDA
Es sabido que la palabra persona -de per
y sono, sonar mucho, resonar- dio nombre
en la antigua Roma, a la máscara o
careta
utilizada por los actores de teatro, con
miras a su caracterización y también
para ahuecar y lanzar la voz. Con el paso
del tiempo
tal palabra nombró al propio hombre de
teatro y, por último, a los hombres
todos, actores en el gran teatro del
mundo.
Pues resulta que hoy sobreabundan
quienes, sin recurrir a artificios de
cartón u otra materia, hacen careta o
máscara de supropio rostro.
Sobreabundan, sí, los que ahuecan la
voz, al tiempo que mienten por la mitad
de la barba.
Nada les define tanto como eso de ahuecar
la voz, de gritar, que es el oficio más
destemplado e incivil y, además, al
decir de Leonardo da Vinci,
acientífico de todo.
De los sosegados es el reino de la
verdad. Y el del sufrimiento, sin duda.
Porque hay que tener paciencia santa,
para asistir al espectáculo que
ofrecen no ya sólo los propios dómines
del grito, del énfasis, sino también la
inmensa legión de los aficionados
a sus
boberías y truculencias.
Todos somos personas, todos actores en el
escenario de la vida. Semejan personajes,
sin serlo, en modo alguno, los que
decimos
personajillos. Entre éstos ocupan lugar
muy principal los que nombramos
caraduras, que es tanto como descarados,
como hombres
que no tienen cara o, si se quiere que la
tienen, pero no la dan, no dan la cara. A
la postre, hombres del rostro que engaña a
quien tenga el candor de no andar sobre
aviso.
Hoy, como ayer, no escasean los
calificativos con los que señalar a
tantos y tantos como son los que se
denuncian no por algo que se refiere a
sus rostros, sino a sus íntimas
fisonomías mentales. Y ahí están los
hipócritas, fariseos, farsantes,
tramoyistas, tartufos o como se
quiera decir. Que se emparientan, por lo
regular, con los pedantes, fatuos,
engolillados, estirados, etc.
Ahí están los pseudopoetas, enemigos
primeros de la poesía, arte el más
excelso de los hombres, ejercido por
quienes saben cantar aquello de:
"el goce de crecer, la gloria de la
acción y el esplendor de la
hermosura", según reza un verso
escrito en sánscrito.
Ahí están los pseudojuristas,
desconocedores de que el Derecho tiene
por misión la de hacer bueno a los
hombres, según admonición de
Alfonso el Sabio, los pseudoeconomistas,
que no subordinan la economía a la
persona, tal como señala Mounier; los
pesudofilósofos, opuestos a una
concepción de la filosofía como ciencia
general del amor, tal como enseña
Ortega.
Pero acabemos, dejemos tranquila la forma
prefija pseudo, que debiera ir siempre en
cabeza de tantos y tantos títulos con
los que
se adornan falsamente no pocos hombres
que se dicen sabedores. Y como dijo el
cantor:
"Si dices que
eres poeta
voy a tener que decirte,
que te quites la careta".
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