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Boletín informativo Electrónico de la Subbética

 
 



 
 


TIEMPOS DE USURA

por María A. González Jiménez



(20/03/00)

 
 
Señor director:

LA DEUDA EXTERNA ya no preocupa a quien no la padece. Occidente vive años felices, indiferente a la desgracia ajena en la medida en que la considera inevitables y su ideología admite la legitimidad de los préstamos de usura. Todo está en orden. Los condenados a la miseria sufren en silencio y descuidan sus necesidades básicas con tal de pagar las facturas. Es una locura organizada porque los países prestamistas se permiten el lujo de lavarse la cara condonando miles de millones. Y así se agrava el problema. Se dona mucho "Dinero para nada" canción de Dire Straits, o para poco, según se constató en los ochenta con los conciertos benéficos "Live- Aid" y en esta década con los gestos del Club de París y del G-7 para aligerar una deuda insoportable. Y esto lo leo en una revista Nuestro tiempo, que escribe Eugenio Ruiz

RIQUEZA NO FALTA. Se ha multiplicado por tres desde 1980. Sin embargo, la deuda externa se ha disparado y el número de personas que viven con un dólar al día sigue aumentando (1.600 millones). Tampoco faltan grandes titulares para la esperanza. El último lo puso la pasada cumbre del G-7 al condonar ingentes millonadas a los 41 países más pobres. Está bien ayudar aun cuando perdonar lo impagable parezca cínico o salga gratis; hasta cuando resulta barato paliar los desastres naturales con socorro, tan puntual como televisado (huracán Mitch), porque lo que de verdad cuesta es admitir que la causa de muchas tragedias radica también en la vulnerabilidad de quienes suben la usura al extremo de no poder velar por su seguridad. Se ayuda, sí, pero lo que se da por un lado se saca con creces por otro. Los fondos oficiales para el Tercer Mundo han caído a niveles que sonrojan; y mientras se confía en que el crecimiento de la economía contribuirá a ir pagando la deuda, el hoy es que los países pobres reembolsan cuatro veces más de lo que reciben. Lo peor es que están atrapados en la insolvencia o en el sufrimiento. Disponen de menos dinero al caer el precio de sus materias primas y pagan caro una globalización que favorece al fuerte y al especulador. A los endeudados no se les deja más opción que pagar, aunque para ello deban encarar asuntos de vida o muerte en la medida en que ahorran en salud, seguridad, educación, infraestructuras... Para empezar, carecen de poder para redefinir a su favor las reglas del comercio mundial (cumbre de Seattle). Tampoco les salva la usura de los valores democráticos que formalmente rigen en los países prestamistas. Al final, se impone el lucro sobre los derechos humanos, así como los valores acomodaticios de las sociedades ricas que se consternan con las imágenes del caos ajeno, pero no cuestionan el insolidario orden mundial y soslayan la deuda moral contraída con los desheredados para no hacerse apenas cargo del aumento de la pobreza y del fracaso de los mercados en el Tercer Mundo (inmigración, guerra, refugiados...).

OCCIDENTE VlVE satisfecho, ajeno a la incompatibilidad de sus valores democráticos con la deuda externa, en parte responsable de que media familia humana carezca de mínimos derechos. Es todo tan injusto, que no basta afrontar la deuda externa con los paños calientes de recortarla para hacerla más soportable, ni con la cabeza fría de que los pobres la pagarán con un buen gobierno, con mejores leyes y con una gestión pública que cumpla los compromisos contraídos. Esto sólo sirve para ir tirando, para no ver la vulnerabilidad global que destapó la crisis asiática y que confirmó el pasado otoño la bancarrota de Ecuador ante una deuda cada vez más cara y dificil de pagar con las actuales condiciones de usura.
 
     
     
 
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