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La muerte va sembrando, al pie de un muro
blanco con nombres, su letal simiente.
Se la escucha llegar, se la presiente
ya desde lejos con su andar seguro."
Rafael Montesinos.
SIMIENTE MORTAL
Una causa natural del miedo a la muerte, pienso que puedes ser atribuida a una elemental razón de
fecundidad. Es una regla de la naturaleza humana que nada positivo se consigue sin dolor, desde la
venida de un nuevo ser en el desgarro del parto (el parto sin dolor es una adquisición farmacológica que
solamente sustituye el agudo de expulsión, pero respetando los meses anteriores de incomodidad,
molestia y dolor de la madre), hasta la terminación feliz de no importa qué obra se consigue a través de
un largo, tenso, doloroso, muchas veces cansado y esclavizante proceso de elaboración.
Juan Ramón Jiménez cuando llega a exclamar "no la toques ya más que así es la rosa", da por supuesto
un largo proceso de elaboración doloroso para llegar a esa perfección intocable. La llamada "belleza de
página" que ciertos escritores en prosa consiguen, y no siempre, está llena de muchas horas de trabajo y
de una larga y también dolorosa reelaboración para vestir a la idea de las mejores galas de la palabra,
para someter a un idioma rebelde o esquivo a la servidumbre de lo que el narrador tiene conciencia que
deber ser la simplicidad y armonía de una idea bien expresada. Nada es fecundo sin dolor, ningún
arbusto, ninguna flor, ningún coloso se produce si la semilla no muere, ninguna tierra es fértil si no se la
rotura, ningún agua es aprovechable si no se la contiene. Jesús compró esa obra maestra de la redención
para todos, a costa del largo sufrir en el Huerto de los Olivos, de la profunda humillación en la vía de la
amargura, y de esas tres horas suspendido al madero para hacer más patética, más honda, más dolorosa
con la que paga en precio de vida eterna la plenitud del Amor.
Otra causa del miedo a la muerte que obra de manera consciente en ocasiones, pero siempre de manera
subconsciente es el que consuma la última y definitiva desposesión. El amor a la vida a poco que ésta
haya sido pródiga en dones con las personas, es una de las constantes del egoísmo humano en su lado
más positivo. El hombre se aferra a lo que posee con un obsesivo sentido de la propiedad, tanto si se
trata de la paternidad de una obra como del disfrute de un patrimonio. El "mío" posesivo suele ser la
primera palabra que aprende a pronunciar y una de las últimas que se queda impresa en su vocabulario.
Esta última desposesión absoluta que significa soltar la vida, tiene que ser por fuerza no solamente
impregnada de dolor sino rodeada de un enorme temor, de una enorme contrariedad esencial que va a
verse reflejada en el mundo de lo consciente si se le piensa, y que de todas formas obra en el mundo de
los instintos como hosca defensa temerosa, ante la pérdida última, definitiva y sin compensaciones
equiparables.
Por cualquiera de las veredas que queramos transitar para encontrar un sentido de la muerte, nos
tropezamos siempre en algunos de los recodos del camino, con la vigencia del dolor y del miedo a la
parca. Se disimule o no, se presuma o se niegue, la muerte siempre está rodeada de temor, de pánico, de
dolor.
La muerte como hecho afrentoso, como un trago difícil de pasar, porque el dolor de la muerte es
inseparable del propio vivir. Y por otra parte el miedo. Toda la literatura lírica de la muerte no impide
que sintamos de una manera o de otra, espanto de la muerte. Y es que, como dijo el poeta:
"No hay más
que una sola suerte:
a todos nos da la vida
lo que nos quita la muerte".
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