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De lo que llaman los hombres
virtud, justicia y bondad,
una mitad es envidia,
y la otra no es caridad."
Antonio Machado
LA ENVIDIA SE EXPRESA POR UNA PALIDEZ EXTREMA
Considera Unamuno, al igual que Quevedo que la envidia es motivo determinante de la acción y
pasión de los españoles: que viven y mueren los hombres en nuestro país, más acaso que en ningún
otro, divididos por ese resentimiento de la envidia.
Unamuno solía explicar por su etimología la palabra envidia como in-vidiare, un no ver de quien la
padece. Invidia se decía antes en España: no ver, y no ver aunque se mire. Pues también es dicho
español aquel otro de "quien más mira menos ve". ¿Será ése el envidioso?
Un mismo español está capacitado por su propia original e histórica naturaleza a morirse de envidia
y, al mismo tiempo, de generosidad. No parece sino que el español, cuando envidia, lo hace tan
generosamente que empieza y acaba envidiándose tan solo a sí mismo.
Por la envidia generosa, el español se quema a sí mismo en ese fuego consumiéndose o purificándose,
tal como dijera Santa Teresa: "unas almas se purifican al arder y otras se consumen".
Con harta razón decía Unamuno, comentando el admirable verso de Fray Luis, aquel "ni envidiado
ni envidioso", que eso no es vivir, pues el que vive necesariamente ha de ser las dos cosas al mismo
tiempo: envidiado y envidioso.
Del mismo modo que hay el que se envidia a sí mismo por envidiar a otro, hay el que al envidiar a ese
otro cierra los ojos y vuelve sobre sí esta ceguera o ignorancia mortal que le ha cerrado los ojos para
ver lo que está mirando. La envidia entra por los ojos al mirar y no ver con ellos, como la ignorancia:
que "el que no sabe es como el que no ve", suele decirse también en España. Y es todo lo contrario
que el amor que entra por los ojos para darnos vida. El enamorarse es no ver tampoco lo que estamos
viendo.
Morirse de envidia es también decir popular español. ¡Morirse de envidia! Pues no hay otra forma de
morirse. Y todo el que se muere, muere de esa envidia que fue el origen sobrenatural de la muerte. La
envidia se expresa comúnmente, según decir popular, por una palidez extrema. Como si por ella se
perdiera la sangre.
Mas si del amarillo de la envidia al rojo vivo del amor no hay más que un paso, ¿por qué no damos
ese paso, convirtiendo el fuego helado de la envidia que nos consume en el ardoroso fuego de la
generosidad que nos purifica?
No es fácil entender, sin paradoja, que en un mismo hombre se prenda esa idéntica llamarada del
amor que unas veces le enrojece la pasión purificadora y otras le amarillea consumiéndole con su
extenuación envidiosa. Se es envidioso porque se es generoso, aunque esto parezca mentira. Que no
hay envidia que haya podido generarse sin un amor, ni acaso un amor sin alguna ciega motivación
envidiosa. No nos envidian quienes antes, alguna vez no nos amaron. Ni acaso nos aman del todo
quienes no nos envidiaron nunca. Por eso decía Unamuno certeramente que no se puede vivir si no se
es envidiado y envidioso. Y como dijo el poeta:
"Lo que será después lo ha sido antes,
y lo seguirá
siendo
hasta que llegue al fin su desengaño
para dejar de serlo".
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