"
Señor que vas a caballo
y no das los buenos días,
si el caballo cojeara
otro gallo cantaría."
Cante popular.
EL FLAMENQUISMO APARECE COMO UNA ADULTERACION DE LO ANDALUZ
El periodismo español conoció en las primeras décadas de este siglo, hacia el año 1912 y años
siguientes pasados el veintitantos, a un escritor de indudable talento y nobles propósitos, hombre
de origen humilde, del que se enorgullecía justamente, pues alcanzó notoriedad merecida por su
estudio y esfuerzo, haciendo popular su nombre o seudónimo literario de Eugenio Noel. Lo que le
dio desde sus principios en la prensa esa popularidad, o más bien impopularidad que digo, fue su
entonces famosa campaña, en el periódico y el folleto como en conferencias, actuaciones públicas
contra las corridas de toros y el flamenquismo, que consideraba expresión y síntoma de la
decadencia española, a la par que causa de esta decadencia y envilecimiento de lo español. En
realidad la denominación de esta plaga o enfermedad que padecemos los españoles, según él, es la
del flamenquismo, nombre que alcanza a definir los mayores males sociales, entre ellos el
tremendo espectáculo de las corridas de toros.
Mucho de ingenuo, no enteramente exento de picardía, tuvo aquel ingenioso escritor en sus
campañas antitaurinas y antiflamenquistas. Pero también tuvo mucho de acierto en ellas por el
valor con que señalaba evidentes vicios y lacras de la sociedad española, entre ellos el conocido
como "señoritismo" -andaluz y madrileño especialmente- al que vinculaba en gran parte el mal y
los males de lo que llamaba "flamenquismo", arte de lupanar en el baile, el cante y la torería. Pero
al analizar y anatemizar aquellas realidades espectaculares, las apariencias de ese mundo turbio y
picaresco de los "flamencos", simplificaba, reducía demasiado abstractamente tal vez su ámbito,
confundiendo virtudes y vicios y "cortando por lo sano" como suele decirse para extirpar estos
últimos. No todo era, es o sigue siendo tan malo en ese mundo, en ese ambiente popular. Muchos
toreros, cantaores y bailaores, han sabido darle a su profesión señorío.
Pero si todo el mundo sabe o cree saber lo que es una corrida de toros, no ignorando la turbia
picaresca de sus entrebastidores comerciales, sus trucos y sus trampas, no creo que muchos sepan
exactamente lo que sea eso del "flamenquismo", que hasta por su mismo nombre no tiene sentido
preciso y claro. Consultemos el folklore. Y en este caso que al toreo, cante y baile se refiere,
naturalmente al andaluz. Su primer maestro, primero y principal, diríamos Don Antonio Machado y
Alvarez, padre de los poetas Antonio y Manuel, tituló su preciosa colección o antología de coplas
y cantares andaluces -preciosíma selección- Colección de cantes flamencos. "Los cantes
flamencos -escribía Machado-, que firmaba su libro con el seudónimo de Demófilo- constituyen un
género poético, predominantemente lírico, que es a nuestro juicio, el menos popular de todos los
llamados populares; es un género propio de cantaores...". En esta cita de Demófilo, expresamente
repetida por la máxima autoridad de Don Francisco Rodríguez Marín, se afirma nada menos que
eso: que el flamenco, el cante y la copla, no son populares o son lo menos popular de lo popular,
que el pueblo lo desconoce como cante, que ni sabe cantarlas y a veces ni siquiera las ha
escuchado. Luego lo popular no es lo flamenco, aunque a veces esto pase de contrabando sus
fronteras. Lo flamenco, según eso, es una cosa aparte, cosa de "profesionales", de especialistas,
que ni viene del pueblo ni va a él. El flamenco, en suma, aparece en el cante, en el baile -yo diría
que también en el toreo-, como una mixtificación o adulteración de lo andaluz; en parte como un
contrabando y en parte como una falsificación que traicionan la espontaneidad de lo popular con
su artificio. Y el artificio nace con un gran cantaor -padre y maestro mágico o abuelo magistral de
todos ellos- que no solamente por el nombre sino por su arte -que debió ser mágico- de cantar era
un italiano: el gran Silverio (Silverio Franconetti, que tenía una escuela o academia de cante,
llamada Salón de Silverio, en Sevilla, en la calle del Rosario, donde fueron a oírle y aprender "de
eso" nada menos que Machado Alvarez y Rodríguez Marín allá por los años finales del 1880 y
1882). Las ínfulas que el flamenco fue tomando de entonces acá, ya lo estamos viendo y oyendo...
y padeciendo. Y es tan enorme su inflacción que, por serlo, aumenta su hueco, su vacío, su
oquedad de tumba diríamos, y con ella y por ella sus ecos internacionales desmesurando más y
más su propio, angustioso, vacío, su oquedad de tumba diríamos, y con ella y por ella sus ecos
internacionales desmesurando más y más su propio, angustioso, vacío. Federico García Lorca nos
pintó este maravilloso retrato de Silverio Franconetti:
"Entre italiano
y flamenco,
¿cómo
cantaría
aquel Silverio?
La densa miel de Italia
con el limón nuestro,
iba en el hondo llanto
del siguiriyero.
Su grito fue terrible.
Los viejos
dicen que se erizaban
los cabellos...
Ahora
su melodía
duerme con los ecos.
Definitiva y pura
¡Con los últimos ecos!"
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