LA VISION MAS CLARA DE LA
POESIA
La definición de
Dante: "poesía: decir de amor",
pudo invertir su relación al cambiar sus
términos diciendo: "amor, decir de
poesía" y aún ir más
allá hasta definir la poesía como
amor al decir: como en el gongorino:
"quiere amor en su fatiga / que se sienta y
no se diga; / pero a mí más me
contenta / que se diga y no se
sienta".
De todas las formas de
expresión amorosa que conoce el hombre,
quizá ninguna sea tan adecuada como la
poesía para dar forma tangible a este
sentimiento que aproxima lo humano a lo divino,
que transforma la esencia de las mismas cosas y
que es, en suma, fuerza y motor de todo lo
grande que ha hecho el hombre desde su
creación.
Acaso sea una
redundancia la expresión poesía
amorosa porque si bien se mira, la poesía
es siempre un acto de amor. Tanto ha significado
el amor en la poesía, que a menudo amar y
escribir versos ha sido todo uno. La
poesía amorosa es mucho más que la
poesía de tema de amor. Lo primero es
algo sustancial y se alía a la obra de
los más grandes poetas de todos los
tiempos. Lo segundo puede ser cortical, puede no
exceder los breves límites de una
anécdota.
Ante la pregunta
¿qué es poesía?,
Bécquer respondió con claridad
meridiana. También Lope de Vega lo
sabía muy bien cuando ponía el
broche de oro a un soneto dedicado a Lupercio
Leonardo de Argensola: "Que no escriba
decís o que no viva? / Haced vos con mi
amor que yo no sienta, / que yo haré con
mi pluma que no escriba". Y también
"el más alto poeta de amor de la
literatura española", Quevedo, nos
dejó el famosísimo soneto del
estremecedor final: "Su cuerpo
dejará, no su cuidado; / serán
ceniza, mas tendrá sentido; / polvo
serán, mas polvo
enamorado".
¿Cuándo
nace el amor en la poesía castellana? Es
difícil fijar una fecha ya que el amor va
ligado siempre al primer poema. En el 1140
aproximadamente, nace "El cantar del Mio
Cid", fruto y expresión del sentir
de un pueblo. Mio Cid se despide de su esposa
antes de partir para el destierro: "El Cid
a doña Ximena-ívala a
abraçar; / doña Ximena al Cid-la
manol va besar". El Arcipreste de Hita, nos
habla del "buen amor", en
contraposición del "loco amor del
mundo que usan algunos para pecar". Y el
marqués de Santillana escribirá:
"vencido del sueño / por tierra
fragosa / perdí la carrera, / do vi la
vaquera / de la Finojosa".
En la persona de
Garcilaso se unen los ideales renacentistas del
amor. Las nuevas formas y las nuevas actitudes
del Renacimiento propician una Edad de Oro en la
lírica amorosa. Garcilaso cuando canta al
amor, no canta a su esposa, no canta tampoco a
la buena moza aldeana; sus palabras son para el
amor ideal, para la amante que no existe, para
esa eterna musa que siempre se busca y nunca se
encuentra. Y como nos dejó dicho:
"baste que tus perfectas / obras y
fermosuras a los poetas / den inmortal
materia".
Pasa el tiempo, y
Cervantes se pregunta:
"¿Quién causa este dolor? /
¡Amor!" Años más tarde,
con el romanticismo, el amor descubre un nuevo
camino: el placer del dolor, el canto por el
perdido ser amado, el amor que huye. Parece como
si todos nuestros poetas románticos,
encontraran solo satisfacción en herir su
corazón. Cadalso, intenta desenterrar a
su amada a la que recita largas poesías
junto a su tumba. Espronceda, canta a Teresa una
vez muerta: "Yo he amado" -le dice-
dándonos a entender con ello que con
Teresa, ha muerto también el amor. En
nuestro romanticismo parece como si solo con la
muerte se despertaran los sentimientos y cantara
el corazón. En el Don Juan Tenorio, de
Zorrilla, Don Juan grita:
"¡Doña Inés! Sombra
querida / alma de mi corazón, / ¡no
me quites la razón / si me has de dejar
la vida!". Bécquer, se eleva
aún más, y cuando cae en el
desengaño, grita: "¡Qué
felices son los muertos!".
Con la revolución
modernista del gran Darío, aquel que ayer
no más decía, "los suspiros
se escapan de su boca de fresa", la
lírica amorosa vuelve a situarse en el
centro de atención de los poetas. Juan
Ramón Jiménez desnuda su
poesía buscando la pureza y nos
dirá: "¡Eres eterno, amor, /
como la primavera!" Antonio Machado nos
dijo: "¿Qué es amor? me
preguntaba / una niña. Contesté: /
Verte una vez y pensar / haber visto otra
vez". César Vallejo por un camino
estrictamente personal clamaba por la proximidad
y escribía: "Amor, no te quiero
cuando estás distante".
Algunos poemarios de la
generación del 27 son cumbres
señeras de la poesía amorosa.
García Lorca cantaba: "Por las
orillas del río / se está la noche
mojando / y en los pechos de Lolita / se mueren
de amor los ramos". Emilio Prados
confesaba: "¡Qué flor de luz
nuestro abrazo / brillando en el cielo abierto!
/ ¡Qué doble espejo en el mundo /
mi carne entre tus recuerdos!" Rafael
Alberti, en su exilio, llamaba a su amor:
"Ven, amor mío, ven, en esta noche /
sola y triste de Italia. Son tus hombros /
fuertes y bellos los que necesito". Y
Manuel Altolaguirre susurraba a su amada:
"Nuestro amor silencioso / y oscuro nos
eleva / a las eternas noche". El
incomparable Neruda llenó varios
capítulos con los Veinte poemas de amor,
los Versos del capitán y los Cien sonetos
de amor, aunque nos dejó dicho: "Es
tan corto el amor, y es tan largo el
olvido". Octavio Paz nos comentaba:
"El mundo cambia / si dos se miran y se
reconocen / amar es desnudarse de los
nombres". Miguel Hernández, en una
canción tan bella como patética,
escribió: "Llegó con tres
heridas: / la del amor / la de la muerte / y la
de la vida". El amor, tema eterno e
inmutable, sigue presente en la poesía
actual. Y es que como dijo el poeta sevillano
Luis Cernuda:
"No es el amor quien
muere
somos nosotros
mismos".