""Yo fui tu religión, yo fui tu gloria
a Dios en mí soñaste;
mis ojos fueron para ti ventana
del otro mundo."
Miguel de Unamuno.
LA SINCERA DESNUDEZ FRENTE A LA IDEA DE LA MUERTE
De sí mismo dijo Unamuno: "habrá en España pocos publicistas que en lo esencial y más íntimo
hayan permanecido más fieles a sí mismos". Esto lo escribía en 1916, cuando tenía ya más de
cincuenta años y, por tanto, cabe presumir que había llegado a la madurez, la estabilidad y el
conocimiento de sí mismo. Es muy probable que la frase de Unamuno sea exacta; en todo caso nos
resulta difícil dudar de ella, ya que nadie, salvo el propio Unamuno, conocía tan al detalle lo que
ocurría en la intimidad de su corazón y de su cabeza. Y, sin embargo, a juzgar por lo externo -por
lo publicado, por lo público- Unamuno se nos ofrece lleno de contradicciones, de bruscos
cambios de frente, a veces en asuntos de gran importancia para la historia de sus ideas. La
posición de Unamuno con respecto a la "europeización" de España, o frente a los problemas
religiosos -para no citar sino dos puntos de importancia-, cambia a lo largo de su vida, como es
bien sabido. No hay que pedirle a nadie que no cambie; sería absurdo, inútil y paralizador, que
exigiéramos al Unamuno maduro fidelidad a un mítico arquetipo de sí mismo. Pero esta inquietud
espiritual de don Miguel ha venido a complicar la vida a sus múltiples críticos. Imaginemos, por
ejemplo a un pintor tratando de retratar a un modelo nervioso, móvil, inquieto, que se levanta y se
acuesta, que cambia de posición constantemente, y tendremos una idea de lo difícil que ha sido
para la crítica el darnos una imagen fiel de Unamuno.
Y no es que no se haya intentado. Unamuno es, quizá, de todos los autores españoles modernos, el
más estudiado. Una ojeada a la abundantísima bibliografía sobre su vida y su obra -bibliografía
que crece constantemente- nos convencerá de ello. Y lo malo es que las distintas imágenes que de
Unamuno nos ofrecen los críticos raras veces coinciden del todo. Tales discrepancias se deben a
que los críticos subrayan aspectos diversos, existentes, ciertamente, en la obra de Unamuno, a
partir de los cuales llegan a una imagen total que en nada, o muy poco, se parece a la trazada a
base de otros aspectos, de otro enfoque. Esto, que ocurre también con otros grandes escritores, con
otros hombres complejos, de facetas múltiples, parece exagerarse, convertirse casi en caricatura,
cuando nos acercamos a Unamuno. Es como si éste hubiera sido "seis personajes en busca de
crítico". Muy posiblemente, había en el hombre Unamuno una propensión al gesto dramático, muy
explicable por otra parte en una sociedad excesivamente difícil de entusiasmar y de conmover,
como era la española de su tiempo; pero esta propensión al gesto es la que nos ofrece ahora una
imagen desdoblada, borrosa. La foto de Unamuno ha salido borrosa porque el modelo se movía
constantemente mientras trataban de sacarla.
Debido a esta multiplicidad de gestos, de posturas, de puntos de vista diversos en la obra de
Unamuno, resulta de interés especial para nosotros todo aspecto de su obra que nos ofrezca una
síntesis, por parcial que ésta sea. Creo que uno de los textos en que esto se hace patente es en el
conocido poema Elegía en la muerte de un perro. Aparecen en este poema -relativamente corto,
sobre todo si lo comparamos con un poema majestuosamente largo como el que dedica al Cristo
de Velázquez- casi todos los temas centrales de Unamuno: en primer lugar, el que es motor
indispensable de tantos otros poemas suyos -y de tantas páginas de prosa-, la lucha contra lo
abstracto, contra las frías ideas "platónicas", o, como ha escrito certeramente Concha Zardoya, la
"humanización"; y también el tema de Unamuno contemplativo, el descanso en el seno de la
naturaleza; además, el tema de la muerte, el tema de Dios, el tema del tiempo, y uno de los temas
esenciales -que aparece con grave rigor en Niebla- el tema de las relaciones entre el creador y la
criatura, entre el maestro y su discípulo, entre las fuerzas de la conciencia y del poder y las fuerzas
oscuras que se sienten iluminadas y atraídas por esa conciencia y ese poder. Todo ello en un
poema de longitud moderada, motivado por un incidente de escasa trascendencia, la muerte de un
perro.
El tema de la muerte domina el final, a la vez melancólico y trágico, del poema: Unamuno
contrasta la muerte estoica, resignada, serena, de su perro, con la de otro perro, símbolo de la
desesperación animal y humana, desesperación que el propio Unamuno quiere evitar para sí a toda
costa:
"Tú has muerto en mansedumbre,
tú con dulzura,
entregándote a mí en la suprema
sumisión de la vida.".
Y los versos finales alcanzan una intensidad, un patetismo, pocas veces
igualados, incluso en otros poemas de Unamuno:
"Descansa en paz, mi pobre compañero,
descansa en paz; más triste
la suerte de tu dios que no la tuya.
Los dioses lloran,
los dioses
lloran cuando muere el perro
que les lamió las manos,
que les miró a los ojos,
y al mirarlos
así les preguntaba:
¿a dónde vamos?".
Es decir: el perro es al hombre lo que el hombre a los dioses; pero todos son mortales, todos se
hallan desamparados frente a un destino adverso, frente al agujero de la nada.
El poema de la muerte de su perro nos recuerda que Unamuno, el gran animador de España, el gran
sembrador de ilusiones, el gran gesticulador dramático, tenía momentos -más frecuentes,
probablemente, de los que revelaba el Unamuno "oficial"- de profundo y total abatimiento, de
sincera desnudez frente a la idea de la muerte y de la nada. Momentos en que abandonaba sus
aspiraciones a la inmortalidad, porque le era imposible seguir ilusionándose. Como dice un
personaje en San Manuel Bueno, mártir: "Hasta que un día los muertos nos moriremos del todo".
El Unamuno poeta lo acepta a veces en forma más directa, franca y desolada que el Unamuno
ensayista, que sigue defendiéndose y argumentando. El poeta acepta que algún día nos
convertiremos -como dirá más tarde Lorca- en "un montón de perros apagados", hundidos en el
agujero de la nada, girando eternamente por espacios vacíos, sin eco, indiferentes.
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