
Por Francisco Arias Solís
(pazylibertad@arrakis.es)
(31/10/99)
CREDULIDAD
E INCREDULIDAD
"Tengo brío
y el corazón en las
carnes."
Tirso de Molina
|
LAS EXTREMADAS
FIGURAS DE DON JUAN Y DON QUIJOTE
|
"Tengo brío -nos dice
el Burlador Don Juan en la obra
fabulosa del fraile Tirso-, y el
corazón en las carnes". En
la encarnación no encarnadura
viva del Don Juan teológico de
Tirso vemos encarnarse
verdaderamente por su
pensamiento, por su lenguaje, la
incredulidad humana, el
descreimiento. Por el contrario,
el pensamiento, el lenguaje
cervantino del Don Quijote
descarnado, parecería decir que
si no se puede decir que encarna
habría que decir que nos
"enhuesa" la
credulidad. En estas dos extremas
y extremosas, por extremadas
figuras -las de Don Juan y Don
Quijote-, parecen tocarse, por
extremos, dos pensamientos o
lenguajes de lo absoluto: el de
la incredulidad y el de la
credulidad.
Credulidad o incredulidad.
Creencia o descreimiento. La
dialéctica que modulan estas
extremadas parejas tal vez no
coincide en un mismo lenguaje o
pensamiento absoluto. De un lado
quedan creencia y descreimiento,
credulidad e incredulidad, como
términos relativos, de otro la
fe y el ateísmo, que no pueden
ser más absolutos. Por eso Don
Juan y Don Quijote lo son. Y
hasta tal extremo o tales
extremos, que no pueden salirse
nunca de su historia personal sin
dejar de serlo.
Porque ni Don Quijote ni Don Juan
pueden salirse de su historia
propia; como decimos, tuvieron,
para ser lo que son, que salirse,
absolutamente, de la historia. Si
es que alguna vez estuvieron en
ella. El lenguaje, el pensamiento
de lo absoluto es incompatible
con la historia, es
antihistórico. Don Quijote como
Don Juan vinculan su personalidad
humana al anacronismo.
Don Quijote puede ser Don Quijote
porque se sitúa fuera de su
tiempo histórico. Su aventura
caballeresca lo es, tan de veras
como de burlas, por serlo
intemporal. Por eso nos parece
eterno. Combate por categorías
absolutas, intemporales: la
verdad, la justicia, el amor, la
libertad.
Para Don Juan el tiempo y los
tiempos se dominan burlándolos
al parecer. Nos sorprende en su
comedia originaria la simplicidad
de su engaño amoroso que
consiste en prometerles siempre a
sus enamoradas el casamiento: en
darles palabra de matrimonio.
Cosa que éstas creen o fingen
creer para no ser engañadas o
para tratar de engañar ellas a
su fácil engañador. Pero su
drama personal no es éste. Todo
su donjuanismo radica en el
aplazamiento temporal de lo
sucesivo: en el "¡Tan largo
me lo fiáis!". Su mismo
engaño para la mujer es un
aplazamiento al prometerle
matrimonio. Juega siempre a
crédito contra el tiempo, que es
como jugar contra el Diablo,
quien en definitiva, le gana la
partida. En una palabra, Don Juan
vive del cuento, porque vive
fuera de la historia.
Don Quijote no dudó nunca. Pero
tampoco no dudó nunca Don Juan.
Uno y otro nos parece que actúan
su vida con esa seguridad que
atribuimos al instinto, al que
llamamos ciego. También se llama
ciega a la fe. También el amor
puede parecernos instintivo. Y
drama, en definitiva, de amor es
el de Don Quijote como el de Don
Juan. Del amor de que dijo Dante
"que mueve el sol y las
estrellas". "Estas son
las horas mías", clama el
intemporal Don Juan cuando
increpa la apariencia eterna de
las estrellas. Don Juan es
absolutamente nocturno. Don
Quijote, por el contrario, nos
parece solar. La soledad de Don
Juan es soledad de soledades;
múltiples misterio estelar. La
de Don Quijote, soledad de sol.
Por eso a Don Quijote parecería
que se la derriten los sesos a
los ardientes rayos, como en
inolvidable aventura nos contó
burlescamente Cervantes. Y como
dijo el poeta:
|
"Si os
encontráis algún día
dentro de la soledad,
no pidáis consuelo al mundo,
porque él no os lo puede
dar".
|
|