El autor de la Segunda Celestina, Feliciano de Silva,
tan maltratado por Cervantes en el Quijote por sus famosos libros de
caballerías, fue, como, los otros dos mejores -Rojas y Sancho
Muñón-, un encubierto o enmascarado autor de tan excelente obra
dramática. Y nos sorprende su lectura por la vivacidad, desenfado, gracia
que manifiesta en todas sus escenas esta admirable Segunda comedia de
Celestina. Comedia y no tragicomedia, como la de Rojas y Sancho
Muñón; difícil le hubiese sido, en efecto; a su autor,
volver a matar a Celestina, después de haberla resucitado. Y, de no
matarla, tampoco era cosa de hacer morir trágicamente a los apasionados
amantes, cuyos nombres, en esta Segunda Comedia, son los algo enrevesados
para nosotros de decir: Felides y Polandria. Una vez decidida la meta de
fingirse Celestina resucitada ya toda la perspectiva dramática de la obra
de Rojas quedaba desviada y no podía seguir ese cauce trágico de
su primitiva invención; como haría, con tan extraordinario
acierto, apenas unos años después que Silva, el también
seudo-anónimo Sancho Muñón en su Celestina
tercera.
La lectura de esta extraordinaria comedia de Silva, no
sólo nos divierte y conmueve, sino que nos ofrece curiosidad mayor al
compararla y equipararla con su antecesora de Rojas y sus sucesoras de Sancho
Muñón y Lope de Vega en su incomparable Dorotea.
Es curioso que, siendo esta deliciosa comedia de Silva anterior
de unos pocos de años a la Tragicomedia de Lisandro y Roselia
(ésta se sitúa pasado 1540 y aquélla hacia 1534 o
1535), nos parezca más moderna la de Silva, y sobre todo, mucho
más cercana a la de Lope. Aunque la Gerarda de Lope muera
tragicómicamente, a su vez, cayéndose por la escalera, como es
sabido, y mereciendo el comentario adecuado a los testigos de su desdichado
accidente mortal: porque "iba a buscar agua y no vino".
La segunda o renovada Celestina de la comedia de Silva
está muy lejos de la endemoniada bruja hechicera, vieja barbuda que
envenenó infernalmente al amor natural y puro de Calixto y Melibea,
precipitándolo en la tragedia. La comedia de Silva -la más
enriquecida de músicas, canciones y serenatas-, tan expresa como
expresivamente, elude el canto erótico de la sangre. Por eso es
cómica y no trágica. Por eso (tan natural como sobrenaturalmente
por eso) acaba en bodas. ¿Y la Dorotea de Lope? Este, aunque ya es
otro cantar que el de Silva, tampoco es de música sangrienta o
precedencia trágica. Comedia, decimos, y no tragedia. Ni en Silva ni en
Lope. ¿Disminuye con eso su intensidad dramática, su fuerza
poética, novelesca y teatral? Creemos que no. Lo que sí se aclara
con ello es la naturaleza de la pasión amorosa que en estas admirables
tragicomedias y comedias de amor se nos revela y manifiesta. El acierto
poético de Sancho Muñón fue, sin conservar el hechizo
diabólico utilizado por la Celestina de Rojas, atribuirle esa naturaleza
mágica, encantadora, al amor mismo. Y así se nos dice: "No
hay otro tan eficaz hechizo como es el amor". El amor puede ser hechizado,
embrujado, envenenado de ese modo, para acabar mal, para acabar
trágicamente. En la Celestina de Sancho Muñón vemos
que el veneno, el hechizo, es el amor mismo. La propia pasión amorosa. En
Silva, como más tarde en Lope, no hay veneno que valga.
El fantasma de Celestina, resucitada, es tan fantasmal, en
efecto, que las jóvenes enamoradas -Polandria y Poncia (más
próximas a Dorotea que a Melibea o Roselia)- convierten ingeniosamente, a
esta Celestina con natural facilidad, en la más infeliz e inofensiva
casamentera. Y todavía habría que hablar de la celestinesca
Brígida zorrillesca y de aquel "filtro envenenado" que le dio a
la inocente Doña Inés con la carta enamorada de su Don Juan,
inflamándola de amor:
"En fin, mis dulces palabras
al posarse en sus oídos,
sus deseos mal dormidos
arrastraron de sí en pos;
y allá dentro de su pecho
han inflamado una llama
de fuerza tal, que ya os ama
y no piensa más que en vos".